Aún faltan otras seis horas de trayecto para llegar a Papeete, sin embargo, en el 747 de LAN ya se perciben rasgos referenciales de esa Polinesia que aparece en los libros: en la escala de Isla de Pascua un grupos de nativos entra con algarabía a la cabina, imagen contrastante con la insipidez europea de quienes en sus asientos no dejan entrever ni un gramo de emoción por el hecho de que pronto estarán en el paraíso de Paul Gaugin.
Ya las miradas no se asoman por las ventanillas, sino se posan, indiscretas, en los nuevos pasajeros de cuerpos bronceados, tobillos macizos, muslos ambiciosos, larga melena negra y cándida -aunque desdentada- sonrisa. ¿Cómo negarlo? Son diferentes a esas esbeltas figuras hawaianas erróneamente grabadas en el imaginario colectivo turístico. Tienen la belleza de una escultura barroca, justo en la difusa frontera entre lo atrayente y lo grotesco, ahí donde comienza la voluptuosidad.
Sus ancestros maoríes inventaron el concepto del tabú y lo desterraron de sus islas lo que los convierte en felices herederos de una tierra donde una vegetación lujuriosa compite con la engreída transparencia del océano Pacífico. Colonizadas por los franceses desde 1836, las 118 islas extendidas por una zona del tamaño de Europa y distribuida en cinco archipiélagos, forman parte del territorio galo de ultramar, pero mantienen su autonomía.
Aunque el influjo de Occidente ha desvanecido lo que otrora fue una consistente cultura étnica, en este jardín del edén donde ahora aterrizamos, todos juegan al “buen salvaje”, entre pareos y efímeros collares de flores que mueren a la primera puesta; eso sí, dentro de grandes hoteles donde cada capricho occidental puede ser satisfecho. Las tarifas son altas, pero conforta la certeza de que las únicas barreras en esta travesía por Bora Bora, Raiataea, Taha, Raingiroa y Manhihi, serán las de corales.
Opulencia en altamar. Se llama Ti’a Moana y es el híbrido perfecto entre un yate y un crucero comercial. Del primero, hereda la privacidad; del segundo, el confort sin matices. Este navío que ahora abordamos en el primer día en la Polinesia escapa de los adjetivos y sólo deja cabida a la perplejidad, primero por su precio (alrededor de 5.000 euros por persona, una semana), y luego por la contundente evidencia que compensa cada céntimo invertido. Son 30 cabinas tan (o más) amenas que una suite de hotel. No habría que pensarlo dos veces para zarpar en este bote y lanzarse a la deriva sin saber de tierra firme. El Ti’a Moana, uno de los dos barcos gemelos de la naviera Bora Bora Cruises, es una isla en sí misma.
Su decoración esmerada se complementa con todas las amenidades que un turista puede necesitar: biblioteca, DVD en cada cabina, bar, jacuzzi, distinguido comedor con delicias francesas que varían cada día, un programa surtido de actividades y un codiciado sundeck. “Mehiti Degage, francesa-tahitiana dueña de esta naviera, quiso enfatizar el concepto individual, de ahí los detalles personalizados”, comenta el capitán Ezequiel, mientras conversamos en el sundeck entre copas de champaña, fresas, la armoniosa voz de Enya y un ocre atardecer con el motu Bora Bora como fondo. ¿Puede pedírsele más a la vida? Difícilmente. En este periplo de tres días por Raiatea, Tahaa y Bora Bora la felicidad parece, de pronto, un ideal alcanzable lo que convierte al adiós en una pérdida soñadora que se aferra a la promesa del retorno al Ti’a Moana.
Rangiroa inhóspita. La añoranza siempre es un mal remediable. La desazón de abandonar uno de los cruceros más exclusivos del mundo se disipa con la velocidad de las olas que ahora nos subyugan en un pequeño bote que navega al encuentro con delfines.
Hoy es un día de viento y el mar amaneció bravío en Rangiroa, lo que dificultará la misión. En la Polinesia se está en un perenne juego de ruleta con la naturaleza y, por lo general, ella siempre gana. Aún así, el guía Philipe, no pierde la esperanza. En los 14 años que lleva en este archipiélago ha encontrado trucos para hacerle competencia. Como táctica dilatoria para esperar que la marea baje, antes de llegar al Tiputa Pass -que usualmente cruzan los delfines- nos detendremos a practicar snorkleing. Mágicamente la careta pronto devela criaturas submarinas bajo la dirección de Philipe quien indica el camino para no perder ni un sólo coral en este espectáculo sumergido. No sorprende tanta diversidad. Rangiroa, localizada en el archipiélago de las islas Tuamotu Gamber, es un atolón de corales de 80 kilómetros -el más grande de la Polinesia-, codiciado por buzos de todas latitudes que sueñan con llegar hasta aquí para encontrarse con toda clase de especies, inclusive los temibles tiburones. De hecho, hay muchas excursiones disponibles para quienes deseen darles de comer a los escualos. Pero hoy no amanecimos tan envalentonados como para dar el desayuno al depredador sin temer que podamos terminar siendo su plato fuerte -sin duda, una creencia irracional pues las medidas de seguridad están absolutamente garantizadas en todas las expediciones-.
Luego del ameno preámbulo nos encaminamos hacia el Tiputa Pass, donde Philipe apaga el motor y el bote comienza a balancearse en los vaivenes de las olas, vulnerable e impaciente. Tomarse algún antihistamínico no es una idea del todo descabellada. Según cuentan, los japoneses sucumben a los minutos y desfallecen de náuseas en la búsqueda, y aunque ser oriundo del trópico juegue a favor, tras 15 minutos se agradece observar las anheladas aletas del delfín nadando a corta distancia en el arrecife lo que suscita un inolvidable remolino de sensaciones.
En Manhihi con el Indiana Jones del Pacífico. Usualmente los aeropuertos son vistos como un mal necesario que antecede el disfrute turístico y que, por tanto, debe asumirse de modo estoico, sin embargo, en la Polinesia Francesa resultan amigables e incluso imperceptibles. Además del registro en tiempo récord, las valijas son recogidas automáticamente por el hotel anfitrión, en este caso el Pearl Beach Resort de Manhihi, el primero que tuvo los preciados bungalows (palafitos sobre el agua), emblemas por excelencia de este destino.
El camino se hace nada menos que en un carrito de golf. Lo más parecido a un arribo perfecto, sobre todo cuando un joven francés con rostro de “ken” es el encargado de dar la bienvenida. Se llama Guillermo y es el director del Pearl Beach, recinto donde el savoir faire galo coexiste con un genuino servicio polinesio, amable aunque parsimonioso. Armarse de paciencia, dejar atrás el frenético reloj occidental y entregarse al romance son preceptos que todo turista debe tomar en cuenta. En estas islas del idilio abundan historias de amor como la de Guillermo cuya aventura fugaz con una azafata terminó en matrimonio.
Y es que, desde tiempos ancestrales el archipiélago desató pasiones. Los primeros colonizadores quedaron impactados por el erotismo de una etnia claramente desinhibida en sexualidad. En el siglo XVII con la llegada de los misioneros los rituales “pecaminosos” fueron erradicados y la población asumió la religión cristiana, lo que sumado al carácter oral de su cultura explica cómo las tradiciones aborígenes se perdieron en este confín del mundo. Sólo en Manhihi, un atolón de 72 kilómetros y 600 habitantes ubicado en el archipiélago de las islas Tuamotu Gamber, hay nueve iglesias. De todos modos, existen maneras de acceder al mundo ancestral maorí, bien sea en los shows que presentan los hoteles, o topándose con un personaje como el capitán Tana, suerte de Indiana Jones del Pacífico y protagonista del paseo de pesca que hoy emprendemos en Manhihi. Según dice, tiene 45 años, 25 hijos y su atlética fisonomía se debe a escalar las palmeras. Ahora vive con la recepcionista del Pearl Beach, una japonesa que dejó la oligarquía asiática por una salvaje aventura a su lado. El director del hotel cuenta que todo el personal le teme; el porqué: “Es una historia demasiado larga”, responde aunque lo más probable es que sea demasiado sórdida como para contar a unos huéspedes, y peor aún, reporteros.
Tana es un personaje quijotesco, un showman que sabe mercadearse. A pesar de que “machuca” italiano, español, inglés, japonés y francés, usa con habilidad el hecho de que su acento no sea del todo comprensible como parte de su “puesta en escena”, sustentada en la mímica. Así, entre señas, explica a un estadounidense que el mero que acaba de capturar no puede ser salvado de su fatal desenlace aunque lo devuelva al mar, pues sería devorado por otro pez más grande. Tanto éste, como el resto de los peces que capturamos bajo la tutoría del capitán, están predestinados a morir y a terminar en el banquete de nuestro almuerzo.
Tras una hora entre anzuelos y carnadas, llegamos a un cayo solitario y diminuto donde Tana, transformado en un bufón playero, muestra hasta su último premolar al sonreír y enseña a los hombres a pelar el coco con los dientes. Después, ya en el papel de chef, acerca a una de las mujeres-oportunamente una modelo de Christian Dior- para que le ayude a preparar los pescados con leche de coco y vegetales.
Tana perdona la apatía de algunos franceses que se limitan a broncearse sin hacerle el menor caso porque sabe que pronto sucumbirán ante su presentación especial: la captura de un tiburón bebé. Entonces, todos sin excepción, se lanzan al agua y observan cómo amarra un trozo de pescado a una cuerda atrayendo instantáneamente a seis aletas negras que nadan alrededor. Y en ese instante el desenfado cede a la expectación. De una pirueta estelar, el capitán jala la cuerda con fuerza y un tiburón queda jadeando temeroso en sus manos. 
La piedad de los turistas pronto se difumina por el intrínseco interés fotográfico: ahora el tiburoncito ya no es aquella criatura que todos miraban con recelo desde el agua, sino una superestrella. Mientras una chica mexicana simula darle un beso ante las cámaras, los caballeros valientes lo elevan triunfales entre sus brazos. 
Justo cuando va a dar el último suspiro, Tana lo suelta de nuevo al mar y con rapidez asombrosa sin que de chance de parpadear para creerlo, el pequeño depredador ya se ha ido, y lejos de buscar su venganza, huye rápidamente.
En el camino de retorno, divisamos las granjas de perlas negras, abundantes en la Polinesia y particularmente en este atolón donde se compran a mejores precios. ¿Habrá mejor souvenir? Con una de ellas, coqueteando vanidosa y tornasoleada en el escote o en un dedo anular, quedará comprobado nuestro efímero tránsito por el paraíso. 
Las islas del Archipiélago de la Sociedad en cápsulas.
- Tahití: la más grande, urbanizada y famosa de las islas donde se encuentra la capital, Papeete. Aquí queda el museo de Gauguin, con algunas de las mejores obras del pintor, y el Museo de Tahití, dedicado a la cultura de las islas.
- Moorea: Es la más exótica y queda muy cerca de Tahití. Desde la cima de Rotu Uni se observa un bello paisaje de las bahías gemelas de Oponohu y Capitán Cook. Huanine: ideal para surfistas por su buen oleaje. Desde aquí parte la más grande carrera de piraguas del Pacífico Sur.
- Bora Bora: una de las más famosas y frecuentada por millonarios. Ha servido de locación para películas por su exótica belleza, rodeada por dos picos volcánicos. Sus playas son blancas y su laguna de un profundo azul.
- Tetiaroa: de gran atracción turística, no sólo por ser residencia del actor Marlon Brando, sino también gracias a su enorme riqueza ornitológica.
- Raiatea y Tahaa: dos islas gemelas localizadas entre Huahine y Bora Bora. Raiatea presume de ser centro cultual y religioso de las islas de la Sociedad, mientras que Tahaa seduce con sus plantaciones de vainilla.
- Maupiti: considerada una de las más hermosas, es la más antigua de todas. En su laguna pueden apreciarse rayas leopardo y peces multicolores.
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