El Cairo, a la velocidad del caos

El semáforo está en rojo pero Rabi acelera. Hay un burro atravesado justo en el medio de la avenida y, aún así, el conductor reta al velocímetro de ese destartalado Fiat y se avalancha a su encuentro. “¡Cuidado!”, advierten los pasajeros desde atrás en un intento por evitar que ese viaje soñado se convierta súbitamente en una misión suicida. Y con toda la parsimonia del mundo, como si la colisión estuviera a años luz y no a centímetros del parachoques, Rabi exclama con desenfado: “Relax, mister”, y gira el volante hacia la derecha, esquivando aquel “pequeñísimo” estorbo.  

Así es la pericia de los taxistas egipcios: aguda, arriesgada y peculiarmente precisa. Así serán todos los traslados automovilísticos de estos turistas, quienes paulatinamente comprenderán que pese a todas las piruetas y conatos de catástrofe, siempre saldrán ilesos. Con la adrenalina encendida y el asombro al tope. Porque ése es El Cairo: un absurdo y fascinante milagro.

¿De qué manera conviven con aquel ruido ensordecer, con aquellas calles atestadas de arena, de tarantines, de burros, autos-bala, bicicletas, motos, peatones, camellos…? ¿Cómo funciona esta urbe entre tanta anarquía? ¿Dónde está aquel imperio milenario de mesura y orden que la engendró? ¿Qué piensan los egipcios al compararse con sus ancestros? Son interrogantes que acosarán al visitante recién llegado a la metrópoli, pero los cairotas jamás podrán brindarle una respuesta por una sencilla razón: ellos nunca se lo han preguntado. Se bastan a sí mismos y son felices en este enmarañado bazar, donde se pone a prueba la resistencia de cualquier viajero foráneo -incluso del más avispado caraqueño-.

Con todo, pocos destinos logran cautivar a niveles tan insospechados como la capital faraónica. Y no sólo por su enigmática esfinge, sus bazares o por la majestuosidad de sus cientos de mezquitas, sino justamente gracias a esas insólitas aventuras impregnadas de extrañeza.

En el año 969 d.c comenzó a construirse la ciudad amurallada de Al Kahira (“El Triunfador”), que en el siglo XII sería proclamada capital de los mamelucos bajo los dominios de Saladino (aclamado sultán que arrebató la Tierra Santa a los cruzados cristianos). Más adelante, los turcos otomanos se apoderaron de ella hasta 1805 y después, en 1882, fue invadida por los ingleses, quienes gobernaron hasta mediados del siglo XX cuando Egipto adquirió plena independencia.

El peso de la historia late en El Cairo. Lo cargan a cuestas, lo aprenden y lo explotan hábilmente. En la ciudad más grande de África la huella del pasado persiste y resulta, por tanto, mercadeable. Todo tiene precio, inclusive la hospitalidad, y no existe tal cosa como un gesto desinteresado. Hasta el más inofensivo ofrecimiento por retratar al turista en una foto vendrá acompañado con el insistente reclamo de propina: “A tip, mister”. No ceda entonces ante la tentación de aceptar sus regalos (piedras de alabastro, collares…) porque siempre terminarán costando caro y piénselo muy bien antes de acceder a un tour “gratuito”, pues lo más probable es que el amable nativo termine embaucándolo a pagar por el ingreso a parajes de entrada libre. Lo recomendable es empacar un poco de desconfianza y contratar servicios de operadores o guías turísticos debidamente identificados.

No es una exageración: hasta los espíritus más tacaños han sucumbido alguna vez a las ingeniosas artimañas de los cairotas por obtener algunos pounds. Los egipcios son amables, saben cobrar, saben doblegar y son maestros en el arte de seducir con historias ornamentadas y no necesariamente ciertas. Hablan un poco de todos los idiomas y, muy lejos de la imagen distante que podría tenerse de los islámicos, son gente alegre y atenta con los extranjeros. Las leyes coránicas y la vigilancia permanente de la policía hacen de El Cairo una urbe muy segura, donde es posible caminar sin temor a asaltos y los establecimientos comerciales cierran a las nueve de la noche.

Perplejidad en Giza. Una vez superado el rito de iniciación en el que se asimila el azaroso funcionamiento de la capital egipcia entre algunos disgustos, sofocones o traspiés; justo al superar aquel limbo encapotado de sobredosis sensorial, comienza el descubrimiento. ¿Dónde? Naturalmente en Giza.En ese desierto desafiante del tiempo y portador de secretos milenarios, yacen más de 80 pirámides aunque las más famosas son tres: Keops, Kefrén y Mikerinos, únicas maravillas del mundo antiguo que aún se mantienen en pie, con aproximadamente 4.500 años.

Cientos de viajeros llegan a diario desde todas las latitudes para toparse frente a frente con estos monumentos funerarios y con la misteriosa esfinge. Imponente y silenciosa, construida para representar al faraón -fuerte como un león y sabio como un humano-, ella los ve pasar, perplejos al hallarse en un confín tan milenario. Para ingresar al interior de las pirámides es necesario pagar una entrada especial y prepararse para un recorrido laberíntico y estrecho hacia cámaras mortuorias decoradas con jeroglíficos, no apto para claustrofóbicos. Afuera, abundan quienes ofrecen paseos a camello que pueden resultar muy costosos si no se regatea el monto de antemano. La foto sobre un dromedario con las pirámides de telón es un recuerdo memorable, sin embargo, la comodidad de estos “caballos” del desierto está sobrevalorada. La recomendación es acordar una pequeña vuelta de cinco minutos y no proponerse largos recorridos sobre su lomo.

Regateo arábico. En parámetros extremadamente occidentales, el gran bazar Khan Al-Khalili equivale al mega-mall de El Cairo, sólo que data de 1382 cuando ya la ciudad fungía como un importante centro de intercambio comercial. En lugar de tiendas hay hileras interminables atiborradas de kioscos donde puede conseguirse casi cualquier cosa a casi cualquier precio dependiendo de las habilidades en el arte de la negociación. Alfombras, cojines, cofres, franelas, chales, papiros, lámparas… Nunca se agota el inventario de tentaciones en este pintoresco rincón, y mucho menos la insistencia de sus moradores por inducir a la compra. Salir sin nada bajo del brazo sería casi tan imperdonable como no fumar una sheesha (pipa de agua) en el legendario café Fishawi’s, que lleva abierto más de 200 años. Uno de sus clientes frecuentes fue nada menos que Naguib Mahfouz, premio Nóbel de Literatura y autor de la novela El callejón de los milagros, un retrato de la sociedad egipcia de la década de los cincuenta.

Si la intención es remontarse aún más en el tiempo, por ejemplo al siglo XIX cuando Egipto estaba rendido a los pies del sultán Saladino, es preciso llegar hasta la Ciudadela, fortaleza levantada para evitar la invasión de los cruzados cristianos. En su interior, justo en el punto más alto de la colina, está la mezquita de Mohamed Alí, una silueta siempre distinguible desde cualquier punto de la urbe. Pronto, la atención seguramente se desviará hacia la insolente belleza de su hermana, la mezquita del sultán Hasán, una de las más hermosas en el mundo entero, sobre todo, por su minarete de casi 82 metros de alto y por su sala de oración. La entrada de mujeres está permitida siempre y cuando tengan el rostro cubierto y se limiten a ciertas áreas de acceso no reservado exclusivamente para hombres.

 Y es que en El Cairo las turistas sentirán -acaso por vez primera- lo que es formar parte de la “otredad femenina” en una sociedad islámica. Al montarse en un vagón y ser la única con rostro descubierto, al tratar de dialogar con un egipcio negado a negociar con una dama, al escuchar las bromas de un nativo que ofrezca unos diez mil camellos para comprarla, al evitar a toda costa el más tímido escote para no ser presa de miradas lujuriosas; es posible que brote algún arrebato de indignación occidental, siempre manejable con una buena dosis de tolerancia. En el fondo, cualquier percance resultará una pequeñez ante la grandeza de una pirámide, la placidez del Nilo y el refulgir del tesoro de Tutankhamón (goce necesario en el Museo Egipcio que contiene 400.000 piezas del Antiguo Egipto). Porque mística y ruidosa; aguda y penetrante; caótica y borrosa, El Cairo nunca se marchita. He ahí su promesa: perdurar. El consuelo de la supervivencia.

Descargar una Guía práctica sobre El Cairo

Más que películas, guías de viaje

Musa y brújula. Una buena cinta siempre es motivo de inspiración, pero también de documentación cuando se trata de conocer nuevas latitudes. A propósito de la entrega de los premios Oscar que se efectuará hoy, comienzo una serie de entregas en las que encontrarán algunos -no todos­- filmes que hablan sobre la esencia de varios destinos turísticos.

Siempre tendremos París

La Ciudad Luz siempre ha estado allí, pero no envejece. París es la añoranza, el amor, la sofisticación, el savoir faire… Y ni turistas, ni cinéfilos se cansan de venerarla. Escenario de la Revolución Francesa, del esplendor artístico de principios del siglo XX y de otros eventos que signaron el curso de la historia mundial, la capital francesa nos mira con altivez y esa arrogancia propia de los parisinos. No importa. Pese a cualquier incidente con algún camarero impertinente o disgusto en la fila del museo, sabemos que volveremos. Lo que esta ciudad carece en humildad, lo gana en porte. Quienes la conocemos estamos condenados a ser eternos pretendientes pisoteados por el rechazo de una París ajena, pero siempre venerada.

Medianoche en París (2011)

Director: Woody Allen.

Por qué: la majestuosidad de París capturada en el celuloide. Durante los primeros minutos postales turísticas de la ciudad eclipsan. Después, un viaje a los años 20, y posteriormente a la de la Belle Epoque, sumergen al espectador en una historia donde el amor le gana al tiempo.

 

Amelie (2001)

Director: Jean Pierre Jeunet

Por qué: siguiendo los pasos de la noble Amelie Poulan, llegamos al corazón del barrio Montmatre. Pasamos por el número 56 de la rue des Trois Freres donde ella compra sus alcachofas y avellanas. Luego continuamos hasta el Café Tabac des Deux Moulines, en la rue Lepic; y así, calzando los zapatos de la ingenuidad de esta joven, descubrimos una ciudad juguetona que, pese a todas sus miserias, tiene un gran corazón.

Moulin Rouge (2001)

Director: Baz Luhrmann

Por qué: refleja el mundo sórdido y a la vez glamoroso que giraba en torno al Moulin Rouge. Un vistazo a la París bohemia de 1899.

 

 Paris J’ te aime (2009)

Por qué: 20 directores de cine presentan una oda a la mítica París, capital del amor, en 18 cortometrajes, cada uno en un distrito diferente de la ciudad.

Julia y Julia (2009)

Director: Nora Ephron

Por qué: casi se pueden saborear los platillos franceses que prepara Julia Child durante los primeros años de su carrera culinaria. Omlets, sopa de cebolla, cordon blue, boeuff bourgignon … Conocer su historia es un excelente aperitivo para adentrarse en la gastronomía gala.

Despiértenme cuando hable el capitán

Mea culpa. Lo confieso: jamás había tomado en serio los simulacros de emergencia de los cruceros. Hasta ahora. Y estoy segura de que no ando sola en mi desidia.

Como yo, seguramente cientos, miles, millones de turistas, han asumido esos 15 minutos como un tedioso requisito que, si acaso, sólo sirve para retratarse con el salvavidas anaranjado.

Seamos honestos. ¿Quiénes se toman el tiempo de leer los folletos de evacuación en caso de emergencia ya no sólo en los barcos, sino en hoteles, teatros e incluso aviones? Quizás alguno que otro alemán o nórdico y nadie más. Y sólo porque para ellos obedecer es casi un reflejo.

Los letreros y esos folletos están ahí para ignorarlos. Ese parece ser su fatum trágico. Lo saben quienes los escriben, lo saben las compañías y lo sabemos todos. Por eso es que nos obligan a verlos en pequeños simulacros o videos ilustrativos en la cabina de la aeronave. En el caso de las navieras hasta pasan lista, como si se tratase de una escuela militar.

Pero la triste verdad es que nadie puede obligarte verdaderamente a prestar atención si no quieres. Cada vez que American o Lufthansa transmiten el micro con las “safety security measures”, yo leo. O duermo. O escucho el ipod. O pienso en qué haré al llegar al destino. Pero jamás escucho. Mucho menos cuando me mandan con otros 30 pasajeros a determinada estación dentro del barco para conocer el plan de evacuación. En el mejor de los casos ese es el instante perfecto para practicar inglés o socializar con otros turistas.

Probablemente lo mismo les hubiera ocurrido a los pasajeros del barco Concordia de la naviera Costa que naufragó hace días frente a plena costa italiana, si se hubiera realizado el obligatorio simulacro de emergencia.

Desde el hundimiento del Titanic todas las navieras deben cumplir con las regulaciones de la norma Safety of Life at Sea (SOLAS), que estipulan que un simulacro debe efectuarse dentro de las primeras 24 horas de navegación. El del Concordia estaba pautado para el día 2, luego de que turistas adicionales embarcasen en Savona. Aún así se mantenían dentro del rango de tiempo permitido.

¿Hubiera cambiado en algo el terrible desenlace? Difícilmente si los viajeros no hubiesen prestado atención durante el simulacro.

Ojalá este fatídico hundimiento sirva para despertarnos. Los accidentes ocurren. En aviones, barcos y también en tierra firme. La tragedia puede visitarnos donde sea, por eso, lo mínimo que podemos hacer es prestar atención a los protocolos preventivos, aunque se hagan interminables.

 Todo apunta a que el capitán Francesco Schettino falló. Pero, ¿y nosotros? La próxima vez que viajemos leamos el instructivo de evacuación. Y, por favor, siempre despiértenme cuando hable el capitán.

A dónde fuimos, a dónde iremos

Viajeros, se acaba el 2011. ¿ A dónde fuimos? ¿Qué lugares quedaron por conocer? Inevitablemente los últimos días de diciembre están condenados al balance. A la reflexión. Al cuestionamiento. A la gratitud o al anhelo por un año más prometedor. Sea cual sea el caso, los viajes siempre inclinan la balanza hacia el optimismo. No hay travesía que implique arrepentimiento. Todo recorrido deja un saldo positivo en la existencia. Aun cuando apremien los problemas y las tribulaciones, los viajes serán pasajes momentáneos a la evasión, a la felicidad, a la esperanza. Escapes de la rutina, pero también de nosotros mismos. Por eso nada mejor que aferrarse a ellos cuando lo demás se tambalea. Todos merecemos así sea unos días para recuperar las energías que se necesitan para ganar las batallas cotidianas. Y no se tata de huir, sino de irse para regresar. Siempre mejores.

En un año particularmente difícil como éste que ya termina, las travesías emprendidas han sido una pequeña tabla que me ha ayudado a nadar hasta la orilla. Sí. Hubo golpes duros, inesperados. Aceptación, resignación… esa tristeza atragantada. Pero, en meses nublados apareció la Costa Azul. Niza la luminosa ayudándome a encarar aquellas sombras. Estuvo Roma, la eterna. Y la anhelada Nueva York, resurgiendo con ímpetu a 10 años del 11S. Escenarios, sí. Pero también lecciones. Mucho más que sellos en el pasaporte.

Piensen en este año. ¿Qué les quedó? Quizás algunos afortunados responderán que un anillo de matrimonio, un bebé en camino o un ascenso profesional. Pero ¿y si no hubo nada de eso? ¿Y si no ocurrió nada, o peor aún, si el drama tocó la puerta? En esos casos siempre habrá algo que agradecer y ojalá que parte de ese “algo” haya sido una travesía. Somos pasajeros. Efímeros. La vida es corta y el mundo inmenso. Mejor ser un pasajero con equipaje y boleto aéreo en mano.

Viajar es una decisión. Usualmente siempre hay otras prioridades, pero los invito a sopesar esa lista. ¿El iPad o una escapada a Morrocoy el fin de semana? ¿Salir de noche todos los fines de semana o volar hasta Cancún? ¿Regalarle a nuestros hijos el Playstation o llevarlos a conocer la Gran Sabana? Revisen ahora el calendario 2012, saquen cuentas y planifiquen su próxima travesía. Lean, documéntense, pidan cotizaciones en varias agencias, busquen tarifas especiales de pasajes en sus ratos libres. Organizar un periplo es comenzar a vivirlo meses antes.

Sigamos hambrientos de mundo. Ahorremos y no dejemos de viajar. No importa a dónde, pero salgamos de casa…

Mónaco, el principado de la vanidad

Era una roca. Un acantilado solitario en cuya cúspide los genoveses habían levantado una fortaleza infranqueable. Pero en 1297 un monje franciscano tocó a la puerta y, con ello, ese diminuto territorio cambió de dueño y de suerte. Para siempre.

Los soldados le dieron refugio sin darse cuenta de que se trataba de una emboscada. Apenas entró, el supuesto fraile desenfundó la espada que llevaba escondida en su túnica y abrió las puertas del castillo. Entonces, François Grimaldi, el sabio, el primero, el impostor, se apoderó del lugar. Nacía Mónaco y con él una de las más viejas dinastías del planeta.

En ese estrecho enclave de dos kilómetros cuadrados, con el paso de los siglos, los astutos Grimaldi lograron levantar un principado denso en historia, drama, riqueza y también en atractivos para los turistas.

La boda de Alberto II y Charlene Wittstock es prueba fehaciente de cómo de aquella roca, se convirtió en piedra preciosa. Un Estado donde la fastuosidad y los excesos están permitidos, un paraíso fiscal en el que nadie juzga con recelo a los magnates por ostentar sus grandes fortunas.

Se ha convertido en la capital del jet set, de la Fórmula 1, de los casinos. Es el epítome de un mundo ajeno y codiciado por la mayoría de los mortales que llegan hasta allí para jugar a ser parte, así sea como irrelevantes espectadores, de ese microcosmos de ricos y famosos.

Pero bajo esa capa de frivolidad subyace un destino acogedor e interesante, donde es posible almorzar a precios asequibles, pasear sin complejos entre pintorescas callejuelas o disfrutar de unas vacaciones memorables sin regresar a casa en la bancarrota.

Es lo que trata de explicar Pierre, un parisino adinerado con quien entablamos conversación en el puerto de la Condamine, rodeados de gigantescos yates y veleros. “Mónaco no es puro lujo. Por cada Ferrari Testarrosa, ves un Fiat, un Peugeot. Cada vez que nos sentamos en una terraza, mi hijo los cuenta y ha concluido que la proporción es 50-50″, afirma y asegura que sabe bien de lo que habla. Lleva diez años viajando hasta allí en su barco cada semana por negocios. “Lo que más me gusta de este lugar es la gente, pero no la del jet set. Ellos son apenas un grupo. Los verdaderos monegascos son personas atentas que no viven únicamente de las frivolidades”.

Una vez en el distrito de Mónaco-Ville, la capital y antigua fortaleza a la que se accede mediante una empinada cuesta, le creemos. Un vistazo a ese pueblo medieval basta para comprender que el Mónaco de la vida real es mucho más amable que el de las revistas. Allí, entre hermosas fachadas de colores y tiendas de souvenirs, queda el palacio. Data del siglo XIII y sus salas son el reflejo de siete centurias de soberanía ininterrumpida. En un recorrido de 30 minutos con audioguías, en el que no da tiempo de aburrirse ni de perder la capacidad de asombro, los turistas conocen el salón amarillo, la sala mazarín y el trono, entre otras estancias.

Inevitable salir de allí envidiando la suerte de Carolina, Stephania y Alberto II, hasta que una visita a la Catedral donde se encuentra el panteón de los Grimaldi, recuerda que, aún con todo su dinero y poderío, la familia real no ha logrado escapar a la desgracia. Su madre, la glamorosa actriz Grace Kelly, casada con Rainiero III, murió en un trágico accidente de tránsito. El esposo de Carolina, también falleció a los 30 años de edad durante una competencia deportiva. Si a estos episodios se le suma la extensa lista de amoríos tormentosos que han suscitado toda clase de historias en torno a la dinastía, de pronto parece verdadera aquella leyenda según la cual una gitana lanzó una maldición a los Grimaldi.

Condenados o no a la fatalidad, ellos han logrado sobrevivir al paso del tiempo y demostrar -para bien o para mal- que no hace falta vivir en un país de grandes dimensiones para estar en boca de todos; ya sea por los consabidos escándalos familiares o gracias a fines más loables, como la contribución a la ciencia.

En 1910, el príncipe Alberto I, gran aficionado al mar, solicitó al científico Jacques Cousteau su colaboración para abrir el Museo Oceanográfico. Emplazado frente al mar al que rinde tributo, este recinto ha sido reconocido como uno de los mejores y más antiguos acuarios europeos. En el sótano, la parte más fascinante del recorrido, 90 tanques despliegan gran variedad de especies, cada una descrita en didácticos, y hasta poéticos, carteles: el engañoso pez escorpión, la etérea aguamala…y así. En medio de detalles arquitectónicos que emulan un submarino y con un agradable fondo de música clásica, este tránsito lo transportará aquellos tiempos en los que el mar era todavía un intimidante misterio.

En el primer piso, se rinde homenaje a aquellos hombres que, como Alberto I, consagraron su vida al estudio de la oceanografía. Por la forma en que está estructurada la muestra -en una gran biblioteca con bustos, barcos de madera, criaturas en formol, un antiguo traje de buzo y el esqueleto de un inmenso cachalote capturado por el mismísimo príncipe- uno se siente fisgoneando entre las pertenencias de algún navegante de principios de siglo.

Quienes tengan poco tiempo para conocer Mónaco agradecerán las modestas dimensiones del museo que exige, cuando mucho, dos horas de visita. Bajo ningún concepto deje de ir, así no tenga demasiado interés en los peces. El edificio es de por sí una obra de arte.

Jugar a ser rico. Montecarlo encarna la vanidad. El lujo desmedido. El derroche sin remordimiento. Equivale, en pocas palabras, a la Disneylandia del azar. Fue en este distrito de Mónaco donde, en 1863, construyeron el mítico Grand Casino en un intento desesperado por buscar una fuente de ingresos y atraer a la socialité europea. Acertaron.

El lugar desde hace décadas es un imán de millonarios, quienes conducen sus porsches o salen de las elegantes tiendas de la avenue de Ostende repletos de bolsas. El arquitecto Charles Garnier, artífice de la Ópera de París, estuvo a cargo del proyecto del Grand Casino, que deslumbra aún en el siglo XXI con sus elementos característicos de la belle époque. También allí se encuentra la sala de ópera, donde la reconocida Filarmónica de Montecarlo suele hacer grandes presentaciones. El ambiente invita a lucir las mejores galas, no porque sea un requisito explícito (lo es para ciertas salas), sino más bien porque la dinámica lo exige si se quiere el papel de quienes se acercan hasta allí para ganarlo -o arriesgarlo- todo. Aunque se haya impuesto el no jugar ni un céntimo y sólo asistir con intención de merodear, deberá cancelar 10 euros de entrada. No olvide llevar su pasaporte. Se lo pedirán.

Una vez allí, el no apostar equivaldría a regresar del Vaticano sin haber admirado la Capilla Sixtina. El dilema se limita a cuánto. 50, 100 o 250 euros en la ruleta rusa, o incluso montos mayores en salas de juego privadas.

Si prevalece la mesura, sea por racionalidad o tacañería, y no quiere invertir más de 10 o 20 euros en el capricho, tendrá que resignarse a las traicioneras tragamonedas: algunos euros canjeados en una insignificante ficha. Uno gira la palanca esperanzado, con el anhelo de que esa máquina titilante cambie súbitamente el destino. La posibilidad siempre existe, aunque las probabilidades casi nunca juegan a favor. En todo caso, ya la experiencia es en sí misma un triunfo asegurado. Una inversión de vida, así pierdas. Como Mónaco. El principado de quienes no creen en la derrota.

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  • Mejor época para ir: junio, septiembre y octubre.
  • Qué ver: – Cambio de guardia en el Palacio Real (11:55 am) – Museo Oceanográfico – Tumba de Grace Kelly – Colección de autos vintage de Rainiero III – Yates estacionados en el puerto de la Condamine
  •  Qué hacer: – Apostar en el Casino – Caminar por las suntuosas tiendas de la avenue de Ostende – Sentarse en una terraza y ver pasar a los ricos y famosos – Tomarse una foto junto algún carro último modelo.
  • Si tiene más tiempo: – Museo de Souvenirs Napoleónicos – Museo Naval – Museo de monedas y estampillas – Jardines: el de Grace Kelly, el japonés y el de especies exóticas – Qué leer: Graham Green. Loser takes all
  •  Qué escuchar: “The man who broke the bank in Monte Carlo”, por Fred Gilbert.
  • Qué probar: stockfish, frito con anís y otros ingredientes
  •  En una palabra: lujo
  •  Qué ver: la película Un fantasma en Monte Carlo (1990)

A toda velocidad A mediados de mayo se realiza el Gran Premio de Mónaco, en el que los mejores corredores del mundo recorren las calles del principado a 200 km por hora. Una cita de Fórmula 1 obligatoria para millonarios, actores y fanáticos de este deporte que puedan pagar los altísimos precios de alojamiento en esos días. Más que una competencia deportiva, se trata de un importante encuentro social.

Viajes de película, pasaporte, boleto y… ¡acción!

Antes cuando la vida cotidiana quedaba corta, bastaba con comprar un ticket y sentarse en una butaca de cine. En la inerte placidez oscura de esa sala refrigerada, los espectadores eran capaces de teletransportarse a historias de héroes y villanos donde la infalible fórmula amor-violencia fungía como antídoto perfecto contra el tedio. Y todo quedaba allí. Pasadas dos horas volvían al vil juego de la vida real sin mayores ambiciones que una próxima escapada al celuloide. Pero eso era antes.

Hoy el escape es literal: comprar un boleto y viajar directo a la locación de los filmes. Sea por su majestuosidad escénica o por el vínculo afectivo entablado con el público, las películas se han convertido en un destino turístico en sí mismo.

Según cálculos del informe Annals of Tourism Research, una locación que aparezca en un filme exitoso aumentará su afluencia de turistas un 54% durante los siguientes cuatro años aproximadamente. El diario norteamericano Houston Chronicle lo corrobora: “No hay mejor publicidad para un destino -sea hotel o un continente completo- que el generado por una película. Ningún folleto puede equiparar el milagro de una amplia pantalla de Tecnicolor, Dolby y renombrados actores”.

Y es que, ¿quién no ha querido alguna vez emular la ternura de un beso sobre el tope del Empire State Building como lo hacen Cary Grant y Deborah Kerr en Tú y yo? ¿O redimir el honor en una épica batalla al mejor estilo del El Señor de los Anillos? Cualquiera que se ufane de ser asiduo al cine seguramente habrá soñado con revivir sus legendarios episodios in situ. La buena noticia es que nada de esto es una “misión imposible”. Abundan los recorridos por locaciones cinematográficas memorables.

Perderse en Tokio. Cada vez que Jorge Ganteaume quiere evocar su tránsito por Tokio, escucha la banda sonora de Lost in Translation: “Tiene música en japonés, sonidos de la ciudad, de la calle, de sus estaciones de metro. Cierro los ojos y es como si volviera a estar allí. Me sentí muy identificado con la película porque transmite a la perfección la esencia de lo que uno experimenta al visitar la capital japonesa”.

Lost in Translation no es solamente la historia del encuentro entre Bob Harris -actor que, pasada la cúspide de su carrera histriónica, atraviesa una crisis existencial- y Charlotte -joven igual de depresiva que acompaña a su marido en un viaje de negocios-, sino también el retrato de una ciudad dual, intimidante y laberíntica en la que la extrañeza es el pasaje hacia la introspección.

Verla es ya una convocatoria, acaso por sus deslumbrantes escenas, o porque, en lo más profundo, alberga la promesa de que un romance pasajero llegará para salvarnos de la soledad.

La mayor parte del filme transcurre en el opulento hotel Park Hyatt Tokio, localizado en el distrito Shinjuku, a pocos minutos del metro. La directora Sofía Coppola lo escogió por ser “una isla flotante en una ciudad caótica”. El recodo propicio para que Bob y Charlotte se conocieran. En la barra del New York Bar del piso 55, con el intimidante paisaje nipón como fondo, es posible tomar un trago de whiskey en las rocas así como Bob Harris, o, mejor aún, embriagarse con el trago más popular desde el estreno de la película: el LIT (Lost in Translation Cóctel), una mezcla de licor de cerezo, sake, jugo de arándano y lima.

Gracias a la avalancha de visitantes que llegaron al Park Hyatt con el pretexto del filme, el recinto creó el paquete Lost in Translation que incluye alojamiento por 5 noches, uso del spa o del gimnasio y un cóctel gratuito en el bar por 380.000 yenes. En el kareoke-kan (30-8 Utagawacho) a cinco minutos de la ruidosa estación de Shibuya es donde Bob Harris, desinhibido por el licor, cruza miradas nostálgicas con Charlotte mientras canta More than this. Y muy cerca, se encuentra Ichikan (9-5 Daikanyama), auténtico restaurante de sushi en el que digieren su primera (y muy tácita) disputa.

Lo surreal de revivir cada escena alcanzará la cúspide un miércoles a las 11:15 pm cuando encienda el televisor, sintonice el canal 10 (TV Asahi) y observe el alocado show Matthew´s BestHit TV. Desafortunadamente no podrá ver la aparición de Bob Harris como invitado especial pero, quién sabe, quizá, ya al final del viaje, mientras camine por el lobby o por alguna calle de Shinjuku, súbitamente comprenda qué fue aquello que él dijo a Charlotte en la despedida, y que ninguno de nosotros (los que no hemos estado allí) podremos desentrañar.

Nueva Zelanda: la Tierra Media. En la historia del turismo cinematográfico Nueva Zelanda ha marcado una pauta sin precedentes. “Uno podría argüir que El Señor de los Anillos ha sido la mejor publicidad gratuita que el país ha tenido. Durante la última década hemos sido la nación que más se ha beneficiado por esta creciente tendencia de viajes”, comenta Bruce Lahood, de Tourism New Zealand.

Las cifras lo corroboran: de 1,7 millones de turistas en el año 2000, la cantidad de visitantes ascendió a 2,4 millones en la actualidad lo que representa un crecimiento de casi 40%.

Con los viscerales fanáticos de J.R. Tolkien y los paisajes naturales de este onírico confín del mundo, el boom no es ninguna sorpresa y mucho menos el hecho de que numerosos operadores hayan creado recorridos especiales por las locaciones del filme, disgregadas a lo largo de todo el país. Red Carpet Tours (www.redcarpet-tours.com) es una agencia especializada en hacer realidad el sueño de ir en busca de la huella de Frodo y Sam desde la comarca de los hobbits hasta los maléficos confines de Mordor.

Creado por y para los fanáticos de El Señor de los Anillos, el recorrido de 12 días promete estar a la altura de las expectativas que genera la película. La experiencia pasa no únicamente por ver, sino también por experimentar físicamente la épica tolkieniana: se conoce a personas que hayan participado en la producción del filme, se observan algunas de las armas originales usadas en las batallas, e incluso existe la opción de alojarse en el mismo cuarto de hotel donde durmieron los actores. Así como en los cuentos de hadas, la magia radica en creer y deslastrarse de los estereotipos. “Estaba muy nervioso porque nunca había visto o estado en algo similar. Temía encontrarme con un poco de ‘nerds’ en el grupo, pero me complace afirmar que no fue así”, escribe Ben, un turista en su diario. Las bitácoras que viajeros como él publican en Internet (www.apocprod.com/Pages/ROTKTour_Main.htm) son un buen recurso para conocer de primera mano la vivencia. Los precios del tour varían dependiendo de la duración, tarifas de los vuelos internos y de los hoteles, sin embargo oscilan alrededor de los 4.000 dólares. Aunque la cifra asusta, entre aquel degradé de azules, verdes y violetas, el imaginario encarnado de Tolkien habrá compensado la inversión.

Sydney: un gigantesco set cinematográfico. Al edificio Governor Phillip Tower de Sydney entran muchas personas, pero muy pocas se detienen a considerar que en su helicoide aterrizó Tom Cruise durante la filmación de Misión Imposible II. O que en su azotea Neo (protagonista de The Matrix) combatió al impávido Mr. Smith.

A la sombra de Hollywood, la discreta Sydney multiplica su potencial cinematográfico y comienza a disputarle el trono como destino cinematográfico para jetsetters. Locación de filmes como Moulin Rouge, Marte, la trilogía de The Matrix, los episodios II y III de La Guerra de las Galaxias, Superman, Misión Imposible II y Buscando a Nemo, ofrece numerosas opciones para quienes acechen la gran pantalla. La agencia Sydney Movie Tours se especializa en este creciente nicho y dispone de varios recorridos por distintas locaciones en las que los viajeros juegan a ser actores con toda la formalidad del caso. Disfrazados y con breves guiones, actúan frente a las cámaras en los escenarios auténticos mientras aprenden sobre el legado australiano al séptimo arte. Más información: http://www.sydneymovietours.com. Para una cita con celebridades como Nicole Kidman, Hugh Jackman, Russel Crowe o Cate Blanchett, visite locales como The Bayswater Brasserie (en King Cross), Icebergs (calle Bondi) o el hotel W (en Woolloomooloo). Ahí, presas del desenfado propio del pacífico, tal vez hasta firmen autógrafos.

 

Manhattan es de Woody Allen. Nueva York es más de Woody Allen que de nadie. El polémico guionista, actor y director norteamericano se apoderó de sus escenarios para plasmarla, y a la vez reinventarla, en la gran pantalla. Su compleja visión sobre dicha urbe empañará para siempre cualquier lectura con el lente de la neurosis.

Tras el drama de sus atormentados personajes se esconde el más vívido retrato neoyorkino, que aún palpita en las locaciones de sus películas: el teatro Beekman (1254 Second Avenue) donde Alvy Singer (Woody) es acosado por una fanática mientras espera a Anie en Annie Hall, el restaurante Elaine´s (1703 Second Avenue entre East 88th y East 89th St) recodo favorito de Allen en la vida real y donde éste cuenta a sus amigos las tribulaciones de salir con una adolescente en el filme Manhattan, y el célebre banco con vista a un puente (59th Street Bridge al este de Manhattan) que aparece en el póster de esa misma película con las siluetas de él y Diane Keaton. La mejor manera de recorrer las locaciones de sus piezas cinematográficas es en solitario guiándose con algún manual turístico como Manhattan on filme (a la venta por http://www.amazon.com) o con el artículo de Chris Epting publicado en Newsweek Budget Travel y disponible en la página web: http://www.budgettravel.com/btdyn/content/article/2005/06/04/AR2005060400616.html. Por último, nada como cerrar la jornada escuchando un concierto del propio Woody Allen, quien, cuando no está rodando algún filme, se presenta todos los lunes en el hotel Carlyle.

  • 5 escenas repetibles

1. Alimentar a las palomas en Central Park como Macaulay Culkin Mi pobre angelito 2.

2. Desayuno en el café The Boathouse, en el que se conocieron Harry y Sally.

3. Un meloso beso en la proa de un barco al mejor estilo de Titanic. 4. Ejercitarse en las mismas escaleras que Silvester Stalonne en Rocky: Benjamín Franklin Parkway, 26 Street, Filadelfia.

5. Tocar el piano de la juguetería más grande del mundo Fao Schwartz, en Nueva York, así como lo hizo Tom Hanks en Big.

  • Hoteles dignos de un Oscar

- Hotel Plaza, Nueva Cork. Allí Audrey Hepburn y Gary Cooper se enamoran en el filme Love in the Afternoon.

- Ritz, París. En sus instalaciones Cary Grant fue confundido por un espía en la película Intriga Internacional de Alfred Hitchock.

- Park Hyatt, Tokio, set del filme Lost in translation

Musas turísticas El diario Daily Express publicó un ranking con las películas que han inspirado las vacaciones. 1. Thelma y Louise (1991), paisajes de Arkansas, Oklahoma, Colorado y Arizona. 2. Shirley Valentine (1989), islas griegas. 3. La Playa (2000), isla paradisíaca en Tailandia.

  • Guía para cinéfilos Worldwide Guide to Movie Locations (www.movie-locations.com) será su Biblia si pretende recorrer el mundo del séptimo arte. Tras ocho años de investigación, el periodista Tony Reeves publicó una guía detallada que permite visitar todas las locaciones en las que se han filmado cientos de películas.

Ankara, a los pies de su padre

 Cada 10 de noviembre, a las 9:05 am, Turquía se detiene en silencios y posturas solemnes. Dondequiera que estén los ciudadanos, rememoran el minuto y hora exacta del fallecimiento de Ataturk, “padre de la patria” y fundador de la república moderna. Aquí descansan sus restos.

Es más que un simple mausoleo, pero menos que un suntuoso palacio. Entiéndase un imponente -aunque sobrio- templo de culto cívico, símbolo ineludible para desentrañar el nacionalismo turco. Porque, si en algo reparará un viajero acucioso en este destino y particularmente en Ankara, su capital, es en ese entrecejo soberbio que marca la impronta del pueblo heredero del Imperio Otomano y del padre de la república: Gazi Mustafá Kemal Pasa, a quien unánimemente la Gran Asamblea Nacional Turca asignó el apellido honorífico de Ataturk (que significa “padre” o “antepasado”) en 1934, cuatro años antes de su fallecimiento. La mayoría de los rasgos occidentales, que se perciben en la Turquía de hoy, son consecuencia de la reforma implantada por este oficial del ejército (comandante de la guerra de independencia nacional y primer presidente del país), lo que reviste a este lugar de una relevancia especial.

Todo gobernante que asuma un cargo público tiene la obligación de venir hasta aquí, al igual que todos los mandatarios extranjeros que viajan a Turquía. De no hacerlo, podría generarse un impasse diplomático como ocurrió cuando el presidente de Irán se rehusó a tal exigencia y las autoridades turcas decidieron, entonces, cancelar la invitación oficial. No hay bemoles posibles cuando se trata de patriotismo. Ya desde la entrada, el mausoleo inspira respeto.

Un extenso paseo flanqueado por leones de piedra que evocan el estilo hitita, conduce hasta el monumento construido entre 1953 y 1964 por Emir Onat. Frente a él, varias colecciones de objetos personales y fotografías de Ataturk, explican los principales episodios de su vida y los sustanciales cambios que implantó en Turquía cuando asumió el poder, luego de que se aboliera la monarquía tras la Primera Guerra Mundial.

Y es que, paulatinamente en sus quince años de mandato, casi dictatorial, Ataturk impuso la libertad occidental de una nación moderna, donde la religión es optativa y las leyes prevalecen por encima de la fe. Mientras muchos lo agradecen, aún algunos fanáticos del Islam, como la abuela de Edjean -el guía turístico-, no lo perdonan: “Cuando establecieron la secularización, la llevaron a la policía y le quitaron el velo, y a pesar de que en el país hubo mejoras, ella murió odiando a Ataturk por eso”. Sin embargo, en la mayoría de la población prevalece una gratitud que se percibe en cada rincón del mausoleo, dentro del cual un monolito de mármol, de 40 toneladas, indica el punto exacto donde está enterrado Mustafá Kemal.

En la parte de afuera, se lee el testamento que Ataturk dejó a la juventud turca. El mismo que todos los niños deben memorizar con puntos y comas en el colegio: “Debíamos recitarlo frente a la clase y recordar no sólo las palabras sino la entonación”, recuerda Edjean. “Jóvenes, su primer deber es preservar y defender la independencia para siempre. Éste es el pilar fundamental de su existencia y su futuro”. El discurso conmueve incluso a turistas foráneos. Acaso, porque acercarse hasta aquí implica reencontrarse con un envidiable sentido de honor al gentilicio que, lejos de ser un vacuo concepto, palpita en cada rincón de la Turquía contemporánea. 

  • Lo que debe saber ¿Dónde queda? En la zona Anit Kabir. ¿Cuánto cuesta? La entrada es gratuita. Horario: De 9:00 am a 5:00 pm. Más información: Dirección Regional de Turismo Gazi Mustafá Kemal Bula. 121/A (Tandogan) y http://www.allaboutturkey.com.
        
        

La voluptuosidad de la Polinesia Francesa

Aún faltan otras seis horas de trayecto para llegar a Papeete, sin embargo, en el 747 de LAN ya se perciben rasgos referenciales de esa Polinesia que aparece en los libros: en la escala de Isla de Pascua un grupos de nativos entra con algarabía a la cabina, imagen contrastante con la insipidez europea de quienes en sus asientos no dejan entrever ni un gramo de emoción por el hecho de que pronto estarán en el paraíso de Paul Gaugin.

Ya las miradas no se asoman por las ventanillas, sino se posan, indiscretas, en los nuevos pasajeros de cuerpos bronceados, tobillos macizos, muslos ambiciosos, larga melena negra y cándida -aunque desdentada- sonrisa. ¿Cómo negarlo? Son diferentes a esas esbeltas figuras hawaianas erróneamente grabadas en el imaginario colectivo turístico. Tienen la belleza de una escultura barroca, justo en la difusa frontera entre lo atrayente y lo grotesco, ahí donde comienza la voluptuosidad.

Sus ancestros maoríes inventaron el concepto del tabú y lo desterraron de sus islas lo que los convierte en felices herederos de una tierra donde una vegetación lujuriosa compite con la engreída transparencia del océano Pacífico. Colonizadas por los franceses desde 1836, las 118 islas extendidas por una zona del tamaño de Europa y distribuida en cinco archipiélagos, forman parte del territorio galo de ultramar, pero mantienen su autonomía.

Aunque el influjo de Occidente ha desvanecido lo que otrora fue una consistente cultura étnica, en este jardín del edén donde ahora aterrizamos, todos juegan al “buen salvaje”, entre pareos y efímeros collares de flores que mueren a la primera puesta; eso sí, dentro de grandes hoteles donde cada capricho occidental puede ser satisfecho. Las tarifas son altas, pero conforta la certeza de que las únicas barreras en esta travesía por Bora Bora, Raiataea, Taha, Raingiroa y Manhihi, serán las de corales.

 Opulencia en altamar. Se llama Ti’a Moana y es el híbrido perfecto entre un yate y un crucero comercial. Del primero, hereda la privacidad; del segundo, el confort sin matices. Este navío que ahora abordamos en el primer día en la Polinesia escapa de los adjetivos y sólo deja cabida a la perplejidad, primero por su precio (alrededor de 5.000 euros por persona, una semana), y luego por la contundente evidencia que compensa cada céntimo invertido. Son 30 cabinas tan (o más) amenas que una suite de hotel. No habría que pensarlo dos veces para zarpar en este bote y lanzarse a la deriva sin saber de tierra firme. El Ti’a Moana, uno de los dos barcos gemelos de la naviera Bora Bora Cruises, es una isla en sí misma.

Su decoración esmerada se complementa con todas las amenidades que un turista puede necesitar: biblioteca, DVD en cada cabina, bar, jacuzzi, distinguido comedor con delicias francesas que varían cada día, un programa surtido de actividades y un codiciado sundeck. “Mehiti Degage, francesa-tahitiana dueña de esta naviera, quiso enfatizar el concepto individual, de ahí los detalles personalizados”, comenta el capitán Ezequiel, mientras conversamos en el sundeck entre copas de champaña, fresas, la armoniosa voz de Enya y un ocre atardecer con el motu Bora Bora como fondo. ¿Puede pedírsele más a la vida? Difícilmente. En este periplo de tres días por Raiatea, Tahaa y Bora Bora la felicidad parece, de pronto, un ideal alcanzable lo que convierte al adiós en una pérdida soñadora que se aferra a la promesa del retorno al Ti’a Moana.

Rangiroa inhóspita. La añoranza siempre es un mal remediable. La desazón de abandonar uno de los cruceros más exclusivos del mundo se disipa con la velocidad de las olas que ahora nos subyugan en un pequeño bote que navega al encuentro con delfines.

Hoy es un día de viento y el mar amaneció bravío en Rangiroa, lo que dificultará la misión. En la Polinesia se está en un perenne juego de ruleta con la naturaleza y, por lo general, ella siempre gana. Aún así, el guía Philipe, no pierde la esperanza. En los 14 años que lleva en este archipiélago ha encontrado trucos para hacerle competencia. Como táctica dilatoria para esperar que la marea baje, antes de llegar al Tiputa Pass -que usualmente cruzan los delfines- nos detendremos a practicar snorkleing. Mágicamente la careta pronto devela criaturas submarinas bajo la dirección de Philipe quien indica el camino para no perder ni un sólo coral en este espectáculo sumergido. No sorprende tanta diversidad. Rangiroa, localizada en el archipiélago de las islas Tuamotu Gamber, es un atolón de corales de 80 kilómetros -el más grande de la Polinesia-, codiciado por buzos de todas latitudes que sueñan con llegar hasta aquí para encontrarse con toda clase de especies, inclusive los temibles tiburones. De hecho, hay muchas excursiones disponibles para quienes deseen darles de comer a los escualos. Pero hoy no amanecimos tan envalentonados como para dar el desayuno al depredador sin temer que podamos terminar siendo su plato fuerte -sin duda, una creencia irracional pues las medidas de seguridad están absolutamente garantizadas en todas las expediciones-.

Luego del ameno preámbulo nos encaminamos hacia el Tiputa Pass, donde Philipe apaga el motor y el bote comienza a balancearse en los vaivenes de las olas, vulnerable e impaciente. Tomarse algún antihistamínico no es una idea del todo descabellada. Según cuentan, los japoneses sucumben a los minutos y desfallecen de náuseas en la búsqueda, y aunque ser oriundo del trópico juegue a favor, tras 15 minutos se agradece observar las anheladas aletas del delfín nadando a corta distancia en el arrecife lo que suscita un inolvidable remolino de sensaciones.

En Manhihi con el Indiana Jones del Pacífico. Usualmente los aeropuertos son vistos como un mal necesario que antecede el disfrute turístico y que, por tanto, debe asumirse de modo estoico, sin embargo, en la Polinesia Francesa resultan amigables e incluso imperceptibles. Además del registro en tiempo récord, las valijas son recogidas automáticamente por el hotel anfitrión, en este caso el Pearl Beach Resort de Manhihi, el primero que tuvo los preciados bungalows (palafitos sobre el agua), emblemas por excelencia de este destino.

El camino se hace nada menos que en un carrito de golf. Lo más parecido a un arribo perfecto, sobre todo cuando un joven francés con rostro de “ken” es el encargado de dar la bienvenida. Se llama Guillermo y es el director del Pearl Beach, recinto donde el savoir faire galo coexiste con un genuino servicio polinesio, amable aunque parsimonioso. Armarse de paciencia, dejar atrás el frenético reloj occidental y entregarse al romance son preceptos que todo turista debe tomar en cuenta. En estas islas del idilio abundan historias de amor como la de Guillermo cuya aventura fugaz con una azafata terminó en matrimonio.

Y es que, desde tiempos ancestrales el archipiélago desató pasiones. Los primeros colonizadores quedaron impactados por el erotismo de una etnia claramente desinhibida en sexualidad. En el siglo XVII con la llegada de los misioneros los rituales “pecaminosos” fueron erradicados y la población asumió la religión cristiana, lo que sumado al carácter oral de su cultura explica cómo las tradiciones aborígenes se perdieron en este confín del mundo. Sólo en Manhihi, un atolón de 72 kilómetros y 600 habitantes ubicado en el archipiélago de las islas Tuamotu Gamber, hay nueve iglesias. De todos modos, existen maneras de acceder al mundo ancestral maorí, bien sea en los shows que presentan los hoteles, o topándose con un personaje como el capitán Tana, suerte de Indiana Jones del Pacífico y protagonista del paseo de pesca que hoy emprendemos en Manhihi. Según dice, tiene 45 años, 25 hijos y su atlética fisonomía se debe a escalar las palmeras. Ahora vive con la recepcionista del Pearl Beach, una japonesa que dejó la oligarquía asiática por una salvaje aventura a su lado. El director del hotel cuenta que todo el personal le teme; el porqué: “Es una historia demasiado larga”, responde aunque lo más probable es que sea demasiado sórdida como para contar a unos huéspedes, y peor aún, reporteros.

Tana es un personaje quijotesco, un showman que sabe mercadearse. A pesar de que “machuca” italiano, español, inglés, japonés y francés, usa con habilidad el hecho de que su acento no sea del todo comprensible como parte de su “puesta en escena”, sustentada en la mímica. Así, entre señas, explica a un estadounidense que el mero que acaba de capturar no puede ser salvado de su fatal desenlace aunque lo devuelva al mar, pues sería devorado por otro pez más grande. Tanto éste, como el resto de los peces que capturamos bajo la tutoría del capitán, están predestinados a morir y a terminar en el banquete de nuestro almuerzo.

Tras una hora entre anzuelos y carnadas, llegamos a un cayo solitario y diminuto donde Tana, transformado en un bufón playero, muestra hasta su último premolar al sonreír y enseña a los hombres a pelar el coco con los dientes. Después, ya en el papel de chef, acerca a una de las mujeres-oportunamente una modelo de Christian Dior- para que le ayude a preparar los pescados con leche de coco y vegetales.

 Tana perdona la apatía de algunos franceses que se limitan a broncearse sin hacerle el menor caso porque sabe que pronto sucumbirán ante su presentación especial: la captura de un tiburón bebé. Entonces, todos sin excepción, se lanzan al agua y observan cómo amarra un trozo de pescado a una cuerda atrayendo instantáneamente a seis aletas negras que nadan alrededor. Y en ese instante el desenfado cede a la expectación. De una pirueta estelar, el capitán jala la cuerda con fuerza y un tiburón queda jadeando temeroso en sus manos.

La piedad de los turistas pronto se difumina por el intrínseco interés fotográfico: ahora el tiburoncito ya no es aquella criatura que todos miraban con recelo desde el agua, sino una superestrella. Mientras una chica mexicana simula darle un beso ante las cámaras, los caballeros valientes lo elevan triunfales entre sus brazos.

Justo cuando va a dar el último suspiro, Tana lo suelta de nuevo al mar y con rapidez asombrosa sin que de chance de parpadear para creerlo, el pequeño depredador ya se ha ido, y lejos de buscar su venganza, huye rápidamente.

En el camino de retorno, divisamos las granjas de perlas negras, abundantes en la Polinesia y particularmente en este atolón donde se compran a mejores precios. ¿Habrá mejor souvenir? Con una de ellas, coqueteando vanidosa y tornasoleada en el escote o en un dedo anular, quedará comprobado nuestro efímero tránsito por el paraíso.

Las islas del Archipiélago de la Sociedad en cápsulas.

-         Tahití: la más grande, urbanizada y famosa de las islas donde se encuentra la capital, Papeete. Aquí queda el museo de Gauguin, con algunas de las mejores obras del pintor, y el Museo de Tahití, dedicado a la cultura de las islas.

-         Moorea: Es la más exótica y queda muy cerca de Tahití. Desde la cima de Rotu Uni se observa un bello paisaje de las bahías gemelas de Oponohu y Capitán Cook. Huanine: ideal para surfistas por su buen oleaje. Desde aquí parte la más grande carrera de piraguas del Pacífico Sur.

-         Bora Bora: una de las más famosas y frecuentada por millonarios. Ha servido de locación para películas por su exótica belleza, rodeada por dos picos volcánicos. Sus playas son blancas y su laguna de un profundo azul.

-         Tetiaroa: de gran atracción turística, no sólo por ser residencia del actor Marlon Brando, sino también gracias a su enorme riqueza ornitológica.

-         Raiatea y Tahaa: dos islas gemelas localizadas entre Huahine y Bora Bora. Raiatea presume de ser centro cultual y religioso de las islas de la Sociedad, mientras que Tahaa seduce con sus plantaciones de vainilla.

-        Maupiti: considerada una de las más hermosas, es la más antigua de todas. En su laguna pueden apreciarse rayas leopardo y peces multicolores.

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Malta y sus gestas de gallardía

La grandeza nada tiene que ver con el tamaño. Que Malta sea un diminuto archipiélago de apenas 316 kilómetros cuadrados no implica que carezca de trascendencia; muy por el contrario, hubo un tiempo en que en sus costas se definió el futuro de Europa.

Era el año 1565 cuando 40.000 soldados liderados por el emperador Solimán El Magnífico la asediaron con intención de anexarla al poderoso imperio Otomano. La locación estratégica de estas islas situadas al sur de Sicilia y equidistantes de Libia y Túnez les permitiría el control sobre las rutas entre el Mediterráneo Oriental y Occidental, hecho que hubiera socavado la permanencia del cristianismo en el Viejo Continente. Pero no fue así. Apenas 10.000 turcos sobrevivieron para retornar a casa con la deshonra de la derrota y una amarga certeza: aunque pequeña, Malta era feroz.

Cartaginenses, romanos, árabes, franceses y británicos han escrito la historia de este territorio formado por tres islas —Malta, Gozo y Comino— y bautizado por los fenicios con el nombre de “Malalt” (refugio seguro) en el año 1.000 A.C. Y la impronta de cada uno de sus moradores ha quedado grabada en estos paisajes de piedra caliza que galopan a dos tiempos entre el hoy y el ayer. Porque Malta habita en la remembranza.

Gallarda, considerará una injuria el relegarla a una simple isla mediterránea de aguas turquesas. Aquí limitarse al disfrute marítimo sin descubrir lo que se esconde tras la orilla sería la peor de las blasfemias. Digna heredera de caballeros aristócratas, la tierra maltesa exige respeto.

En 1530 el reino de España donó esta zona a la Orden de los Caballeros de San Juan, cofradía militante-monástica que desde entonces ha sido el máximo referente de Malta ante el mundo. El legado de la hermandad y sus heroicas contiendas son el plato principal de la oferta turística junto a 300 iglesias de los siglos XVII y XVIII.

El férreo catolicismo de los malteses se remonta al año 60 dC cuando el apóstol San Pablo convirtió a sus habitantes a la doctrina cristiana. La religión ha condicionado a tal punto a este país que el aborto y el divorcio están prohibidos por ley. Difícil no salir de aquí redimido de culpas. Todos los autobuses están custodiados por la estampilla de algún Santo y cada pasajero se persigna, piadoso, al pasar frente a ella.

Similar fervor se percibe en la Co-Catedral de San Juan (1573-1577) en Valleta cuando los viajeros foráneos se encuentran, extasiados, ante el lienzo La decapitación de San Juan, de Caravaggio, o su opulento altar barroco, o su piso de mármol tapizado con tumbas de caballeros medievales.

El asombro fortificado. Valletta, actual capital, se erigió por iniciativa de Jean de la Vallette, maestre de la Orden de los Caballeros de San Juan, en 1565 justo después de haber vencido a los otomanos. Localizada en una de las orillas de la bahía natural, contiene en sus estrechas calles los monumentos más emblemáticos de la isla: la catedral, el museo de Arqueología, el Museo de Bellas Artes, el Palacio del Gran Maestro y la Armería (sede de Gobierno que contiene una colección de 5.000 armaduras de la Orden en exhibición), el fuerte San Telmo y los jardines de Upper Barraka. Desde ellos se divisa uno de los paisajes más sublimes de Malta con una visual perfecta de la Cottonera, acuñada con el apodo de “tres ciudades” pues alberga tres pequeñas urbes fortificadas: Vittoriosa, Cospiura y Senglea.

Vittoriosa es el silencio. En sus calles amuralladas donde la brisa golpea fuerte como un recuerdo persistente del mar cercano, es posible sentirse explorador de un pueblo inhabitado, pero lo cierto es que aún hoy muchos malteses viven tras estas fachadas medievales de aparente soledad.

En esta zona se encuentra el Museo de la Inquisición, algo decepcionante ante el macabro antojo que anhela encontrarse con historias escalofriantes de torturas y herejías. Si bien aquí llegaron 62 delegaciones papales entre 1530 y 1798 y se desarrollaron cientos de juicios apresando a quienes atentaban o renegaban de la cristiandad, los inquisidores malteses jamás fueron tan severos como los españoles. Técnicas de coerción eran poco empleadas y no podían aplicarse por más de 30 minutos continuos o si el hereje admitía sus culpas.

El recorrido por las celdas, pasillos y salas de esta edificación ilustra lo relativo a los usos y normas del ente eclesiástico. Cerca de allí, también en Vittoriosa, queda la iglesia más antigua de Malta cuya construcción data de 1090.

Siguiendo las indicaciones de discretos letreros que conducen a los principales lugares de interés se llega al Museo Marítimo para comprender cómo la historia maltesa siempre ha estado vinculada al mar. Después, una visita al Museo del Grand Siedge explica los pormenores de la estrategia militar del gran Sitio de 1565 y ofrece la oportunidad de reírse de uno mismo disfrazado con la indumentaria de un auténtico caballero andante. Ahora que la paz se ha asentado, recintos como éste evocan el glorioso pasado bélico del archipiélago. Y no sólo el medieval.

Durante la Segunda Guerra Mundial su codiciada ubicación geográfica, en la encrucijada de rutas marítimas, y el estatus de colonia británica hicieron nuevamente de Malta blanco de fuertes batallas con las potencias del Eje, de las cuales salió airosa contribuyendo al triunfo de los Aliados que honraron su valentía con la Cruz de San Jorge, hoy distinguible en su bandera. Para ahondar en el rol de la isla durante el conflicto se pueden visitar Mgarr Second World War Shelter, refugio donde se escondió la población durante los ataques, o el Museo Nacional de la Guerra (en el fuerte San Elmo de Valletta).

En 1964 el Reino Unido concedió la independencia a Malta, hija obediente que desde 1814 había seguido sus pasos sin titubeos. Sin embargo no fue sino hasta el 31 de marzo de 1979 cuando el archipiélago estuvo libre de bases militares extranjeras por primera vez en su historia.

Hoy cuesta creer que este territorio tan apacible fue una vez un avispero beligerante. Será por ello, porque les costó alcanzarla, que los malteses valoran tanto la tranquilidad. Tradicionalistas hasta la muerte y orgullosos de sus ancestros aristocráticos, se han acostumbrado a vivir en armonía. ¿Pobreza? ¿Desempleo? Los problemas mundiales de pronto parecen vacuos conceptos en estas latitudes.

De entrada, se encontrará a los malteses ariscos y —por qué no admitirlo— un tanto burdos o malhumorados, pero una vez rota la coraza de un primer encuentro, pronto revelan su talante noble y hospitalario.

Este archipiélago temperamental y oscilante se caracteriza por su maleabilidad (nada extraño al tomar en cuenta su densa fusión de culturas). Nicola, un turista italiano, lo explica a su manera: “Siempre quise venir y ahora que la conozco me doy cuenta de que Malta es todo y nada a la vez. Es África, pero a la vez no; está cerca de Italia, pero tampoco es latina; hablan inglés, pero no a la perfección…”.

Un alemán lo evalúa desde otra óptica: “He viajado hasta aquí cuatro veces desde 1995 y concluí que si te gusta el Kini —especie de refresco local sabor a limonada y el de color de Coca-Cola- te encantará Malta. A mí me fascina el Kini y por eso siempre vuelvo. A estas islas se les ama o se les odia”.

Odiar. La carga peyorativa de este verbo parece demasiado pesada para un destino tal desenfado como Malta. Estas aguas cristalinas que resplandecen a lo lejos en un verdiazul tornasolado admiten, si acaso, una mínima dosis de aburrimiento; esto si se trata de turistas hiperactivos en busca de adrenalina o si la estadía supera las tres semanas.

En Valleta, Gozo y Comino hay un poco de todo. Quienes buscan el desenfreno mediterráneo pueden visitar el área de St. Julians en las noches, los buzos encuentran un espectáculo sumergido en las playas de Gozo y la laguna azul de Comino asombra por su belleza natural.

Silente y casta

Mdina, localizada a 11 kilómetros de Valetta, se escribe sin “e”, claro rastro de la influencia árabe sobre dicho territorio. Ellos fundaron y bautizaron esta imponente ciudadela amurallada que en el presente se mantiene que casi intacta para ofrecer a los turistas un auténtico viaje en el tiempo.

Nuevamente un abrumador silencio—sólo interrumpido por las espuelas de los caballos que la recorren— sobrecoge entre calles estrechas, esta vez aún más angostas y aún más calladas. Además de la iglesia, en este lugar se encuentra el postre más acechado del país: la torta de chocolate de la dulcería Fontanella. Cualquier nativo puede señalar su ubicación precisa dentro de Mdina pues absolutamente todos la han probado alguna vez. Con un esponjoso bocado de esta tarta inundada de sirop quizá se aminore el trago amargo del adiós. Y así, empalagados de melancolía, lo convertimos en un esperanzado hasta luego. Para que la promesa de Malta persista. Para que no duela tanto dejarla.

Guía Práctica sobre Malta

Rutas de extraterrestres. Viajes para ver Ovnis

Misteriosos objetos voladores. Conspiraciones gubernamentales. Testimonios que ponen los pelos de punta. Profecías. Abducciones. Bases militares escondidas. Fotografías “casualmente” borrosas, expedientes secretos, historias silenciadas por algún complot. La huidiza y tan acechada verdad. Detrás de todo, una incómoda pregunta: ¿estamos solos en el universo?

Muy pocos temas tienen la capacidad de desatar tan acaloradas discusiones como el de la vida extraterrestre y sus controversiales “visitas” al planeta Tierra. Cuando en 1938 Orson Welles transmitió por radio La Guerra de los Mundos, las masas conocieron en carne propia lo que era el pánico colectivo. Y con tal estallido de euforia quedó en evidencia la pavorosa fascinación que ejerce el tópico alienígena sobre los seres humanos.

Una vez abierta esa escotilla, los “hombrecitos verdes” invadieron (esta vez sin posibilidad de debate) titulares de periódicos, libros enteros e incluso guiones cinematográficos en una fiebre ufológica, que luego de su apogeo en las décadas de los 50, 60 y 70 vuelve a tomar fuerza.

El año pasado el Reino Unido divulgó sus archivos confidenciales al igual que Francia en 2005, el periodista Larry King entrevistó a ex militares y astronautas del gobierno estadounidense que confesaban un complot para encubrir la truculenta verdad sobre los ovnis, y justo ahora se acaba de estrenar la serie “Invasores”. Todo esto con un interesante matiz: el filo turístico que impulsa cada vez más a fanáticos y escépticos a recorrer los principales lugares de avistamiento en búsqueda de algún platillo volador o simplemente de una alocada aventura, guiada por el asombro y la expectación. Si no, basta con preguntárselo al gobierno chileno que acaba de inaugurar la primera ruta de excursiones ufológicas por la zona de San Clemente, un área predilecta por los extraterrestres que ahora contará con señales sobre los casos registrados, restaurantes y campamentos. Y aunque los encuentros cercanos no estarán garantizados, ni en éste ni en ninguno de los otros destinos que explotan la temática Ovni, hay motivos que compensarán cualquier visita a Roswell, Nevada, Escocia y la Gran Sabana. Conózcalos.
Roswell. Nada interesante sucedía en las soledades de Nuevo México, hasta que un día ocurrió demasiado. Versiones sobre el incidente abundan, pero todas coinciden en que julio de 1947 “algo” se estrelló en el desierto. Algo que según una nota de prensa publicada por las fuerzas aéreas era un platillo volador. Pero antes de que la conmoción pudiese ser digerida, a las pocas horas, difundieron una rectificación en la que se aclaraba que tan sólo había sido un globo climático empleado en un ejercicio militar. Unos pocos les creyeron, otros lo vieron como el más descarado encubrimiento gubernamental. Y desde entonces, y con la misma vehemencia, ambos bandos siguen debatiendo sobre qué ocurrió realmente.

Roswell pasó de ser un pueblo olvidado, a un curioso estandarte ufológico donde la tienda Wal Mart advierte que los extraterrestres están invitados a comprar, tal y como se indica en un cartel; y donde el restaurante Crash Site Café promete “la mejor comida del universo”. No cabe duda de que los Ovnis sí invadieron Roswell, al menos en un sentido figurado. Más allá de su decoración intergaláctica, la ciudad cuenta con el Internacional UFO Museum (www.roswellufomuseum.com), donde se relatan todos los detalles sobre lo ocurrido desde una perspectiva pro-ovni, y con el Area51 Museum, de talante lo suficientemente irreverente como para tomarse divertidas fotos junto a alguna figura de extraterrestres.

El mejor momento del año para ir es a principios de julio cuando se celebra el Roswell UFO Festival (www.roswellufofestival.com), con conferencias de renombrados expertos, desfiles, conciertos y hasta concursos de disfraces. Quienes esperen encontrarse con una escueta concurrencia de freaks, quedarán completamente defraudados al ver cuán de variopinta y colosal es la afluencia, donde hay cabida para toda clase de turistas -desde acérrimos estudiosos y hippies inspirados, hasta escépticos increpantes-. Tan sólo el año pasado, al cumplirse el 50 aniversario del incidente, asistieron 35.000 personas, motivadas por escudriñar este legendario capítulo de la historia X.

La autopista hacia lo prohibido. Lo inaccesible siempre atrae. Le pasa a los niños y también a los seguidores del fenómeno Ovni. Esto le ha ganado a la base 51 su sitial en el imaginario colectivo ufológico. Ha aparecido en filmes, en series, en libros, y también en recorridos turísticos que la toman como pretexto para atraer visitantes. Más que veracidad espere un simple divertimiento, pues la gran mayoría de los circuitos simplemente explotan lo que ya todos sabemos, y muestran muy poco y desde muy lejos. Lo poco y lo lejos que está permitido por alarmantes carteles que amenazan con el uso de las armas (o en su defecto de exorbitantes multas) sobre quienes intenten traspasar el perímetro.

Habrá que conformarse con una foto al lado del cartel que dice Extraterrestial Highway, justo en las afueras de Cristal Springs y con un trago en la librería-restaurante Little A’le’ Inn, que ha aparecido en películas como Independence Day. Si abunda el presupuesto (lo suficiente como para pagar casi 200 dólares por persona) entonces, se puede contratar el tour por el área 51 del sitio oficial de viajes a Las Vegas (http://shop.vegas.com/tours).

Capital ufológica. Si las cifras que maneja la Oficina de Turismo son ciertas, y en efecto, 1 de cada 17.000 habitantes de Escocia dice haber visto un platillo volador, entonces quizás sea más probable observar alguno de ellos allí, que en otro lugar del planeta. Y continuando con dicho razonamiento, las posibilidades seguirán aumentando si se va directo hasta Bonnybridge, un pequeño pueblo a 30 kilómetros de Edimburgo donde casi la mitad de los 6.870 habitantes confiesa haber observado un Ovni. La mala noticia: no hay mucho que hacer más allá de mirar el cielo y escuchar anécdotas sobrenaturales.

Ya que se está dentro del Reino Unido, una opción inteligente sería continuar el periplo hasta Avebury, al sur de Inglaterra donde piedras muy similares a las de Stonehenge (a una hora de allí) sirven a los extraterrestres como plataforma de ubicación para llegar hasta la Tierra.
 El magnetismo de la Gran Sabana. Exenta de tantas polémicas y mucho más cercana, la Gran Sabana es uno de los pocos sitios de avistamientos en el mundo que no ha explotado comercialmente la temática extraterrestre. Y justamente eso -el ser inmune a toda parodia, a todo intento de frivolizar sus fenómenos- la convierte en un importante punto de contacto.

Allí todos hablan de apariciones con una trivialidad que serena, que permite captar quizás, el culto auténtico a los Ovnis, uno ferviente y casto, justo así como el que profesa Roberto Marrero. Él fue un escéptico hasta que le pasó, y si no fuera porque estaba con sus tres hijos hubiera creído que sus ojos lo engañaban durante aquel primer avistamiento de 1992 cuando luces refulgentes en el cielo cambiaron su destino para siempre. Y en ese paulatino despertar espiritual una voz -acaso de algún “Hermano Mayor”- le sugirió divulgase los casos de encuentros cercanos en esa área a través de un mapa. Así lo hizo en 1996, y, mediante la recopilación de testimonios de la zona (muchos de ellos de los indígenas) publicó el Mapa de Ovnis en la Gran Sabana, donde se señala la ubicación exacta de insólitos fenómenos como: platillos voladores, persecuciones, naves nodrizas, personas paseadas en Ovnis, portales dimensionales, encuentros cercanos, bases subterráneas y mundos paralelos entre otros.

El mapa viene con un folleto que ilustra la importancia de la Gran Sabana como centro energético y tanto creyentes como escépticos quedarán maravillados con la acuciosidad con que Marrero dibujó los fenómenos ocurridos tepuy a tepuy, pueblo a pueblo, río a río. Para adquirirlo (por 20 bolívares) hay que contactar a este guía que también ofrece recorridos tradicionales por la Gran Sabana en su agencia Mystic Tours.

Aunque no vende caminatas para ver platillos voladores, bastará conversar con él un rato para tener toda una charla espontánea y hasta elocuente sobre las visitas extraterrestres. Otro venezolano que se ha imbuido en el fenómeno Ovni es Roberto Escalante, pero ya desde una perspectiva más “racional”, pues junto con un equipo de personas, analiza la autenticidad de las imágenes de avistamientos registrados en el país en el blog: http://ovnivenezuelagrupo.blogspot.com/. Él también se topó con una nave espacial, pero en el cerro El Ávila: “Eran las 5:00 pm cuando de pronto mis amigos y yo sentimos la necesidad de voltear hacia atrás y Juas… Sorpresa. Por cuestión de segundos vimos un objeto de grandes dimensiones, con forma de plato invertido se desplazó rápidamente en el cielo”. A raíz de esta experiencia se abocó a indagar en el tema y a conocer los más populares puntos de contacto en el país como Mérida, Vargas, Coro, Margarita y la Gran Sabana “donde se siente una sensación de paz que te conecta con la energía del universo, quizás la misma que haga mover a esos aparatitos”. Aunque la distancia geográfica ya no sea un impedimento como en el caso de los otros destinos de avistamiento de Ovnis, la ofuscación occidental puede bloquear toda posibilidad de contacto: “Sólo los de alma pura podrán verlos”, aclara Marrero mientras explica que se debe entender el tema extraterrestre desde una óptica espiritual. “El Ovni es el fenómeno pero no es la respuesta. Ésta sólo la encontraremos en el despertar de conciencia y para llegar a él no hay un solo camino. Debemos comenzar por aceptar la posibilidad de que haya algo más”. Sin duda, sus palabras exigen un acto de fe, pero al final, quién sabe. Él tampoco lo creía, hasta que le pasó.

Ver el Reportaje publicado en suplemento de Viajescon el artículo publicado en el suplemento de Viajes.

  • Buscar marcianos desde casa ¿Estaba enterado de que millones de mortales comunes y corrientes ayudan a la NASA a descubrir inteligencia extraterrestre? El proyecto Seti@Home distribuye las señales del espacio entre las computadoras personales de los voluntarios que les “prestan” su protector salva pantallas para procesarlas. Si quiere ser uno de ellos ingrese en la página: setiweb.ssl.berkeley.edu/
  • ¿Sabía que? El termino “platillo volador” fue inventado por el piloto Kenneth Arnold en 1947, al describir la extraña aeronave que había visto sobrevolar en el cielo: “Se movía como un platillo cuando lo lanzas al agua”.

Parece pero no es. Teorías sobre el origen místico de lugares arqueológicos sobran, lo que suele faltar es un asidero racional que las sustente. Para no pecar de ingenuo vale la pena conocer algunas investigaciones que han dilucidado ciertos enigmas.

  •  Nazca, Perú: durante ocho años investigadores del Instituto Arqueológico Alemán estudiaron exhaustivamente estas misteriosas líneas en el desierto peruano, llegando a la conclusión de que, pese a las creencias generalizadas, su trazado no es perfecto ni tan difícil de hacer. Además, un análisis de visibilidad demostró que parte de ellas son perfectamente contemplables desde varios puntos del valle. Para saber más: http://news.bbc.co.uk/
  •  Gran pirámide, Egipto: el arquitecto francés Jean Pierre Houdin comprobó cómo la imponente edificación de 4.500 años de antigüedad ha podido ser construida con una rampa interior para colocar las piedras más pesadas en su lugar.

Clics de parte y parte

-La BBC responde a la pregunta ¿Hay otras vidas en el espacio? www.bbc.co.uk/science/space/life/

-Un intento de “objetividad” en torno al fenómeno Ovni. http://www.cufon.org -Sin prejuicios ni apasionamientos este portal dice ser creado por y para científicos profesionales, con todos los tecnicismos lingüísticos del caso. www.ufoskeptic.org/

-Un blog que analiza las imágenes de ovnis ocurridas en Venezuela: http://ovnivenezuelagrupo.blogspot.com/

-Para reportar casos: http://www.nuforc.org/ -Los oficiales expedientes X del Reino Unido recientemente sacados a la luz pública: http://www.nationalarchives.gov.uk/ufos/

Ver para creer

Para empacar un poco de credulidad -o al menos algo de cultura ufológica- nada más recomendable que una sesión cinematográfica.

-Un clásico: Encuentros cercanos del tercer tipo (1977): con todos los ingredientes que conforman el imaginario ufológico.

-Una hilarante parodia: Mars Attacks (1996). Tim Burton se burla con gran estilo del tratamiento hollywoodense del tema.

-Una creíble: Contact (1997). Protagonizada por Joddie Foster toca el tema extraterrestre desde una arista más introspectiva.

-Una que vuelve: Expedientes Secretos X (2008): los agentes Mulder y Scully regresan a la gran pantalla.

 -Una miniserie: Taken (2003): 10 episodios sobre las abducciones dirigida por Steven Spielberg.

 -Una tierna: ET, (1981) éxito consagrado de Spielberg, ideal para verla en familia.

La cifra Casi 25% de los 1.600 casos registrados desde 1954 en Francia, son de tipo D, es decir: con muy buena data y testigos creíbles, y ningún razonamiento lógico para explicarlos. Fuente: http://www.cnes-geipan.fr

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